72 días solo en el mar

En el otoño de 1956 un médico alemán, Hannes Lindemann, decidió someterse a una prueba única de resistencia: cruzar el Atlántico en un bote plegadizo para navegación fluvial.
Nadie había atravesado el océano en una nave tan pequeña y sin recibir ayuda durante la travesía. Este artículo es una síntesis del diario de Lindemann, basado en su cuaderno de bitácora.

 

Primera parte - días 1 a 7

1er. Día: 20 de Octubre de 1956. "Eh, Hannes": con voz apagada mi amiga Ruth me despierta. He dormido en la canoa doble Tangaroa durante la noche anterior a mi partida. El puerto canario de Las Palmas sigue sumido en profundo sueño.
Ruth me prepara e desayuno: huevos fritos en un océano de manteca, para darme más energías antes de iniciar el viaje. Entre tanto sale el sol. Todo parece estar en orden, aunque sé que podría pasar dos días más aquí mejorando lo que ya está hecho. Pero es preciso trazarse un límite.
Abordo mi canoa o bote plegadizo y con un empujón me separo del Tangaroa. Al comenzar a remar, unos cuantos curiosos me observan. Mis amigos Jim, Ruth y Jutta figuran entre ellos. Bien puedo imaginar lo que sienten y piensan. Yo tampoco estoy muy alegre.
Ya en plena bahía izo la vela mayor. Las nubes van hacia el sudoeste. Son aproximadamente las 9 a.m. y todavía puedo oír las bocinas de los autos. Como avanzo con mucha lentitud vuelvo a remar otra vez. En cuanto salgo de la protectora bahía, las primeras ráfagas azotan mi bote y la espuma comienza a mojar la vela.

2do. Día, 21 de Octubre. Varias mariposas vuelan sobre las mansas olas. Saco del agua un saltamontes.
¿Me sacarán a mí así del mar algún día? La cubierta de lona empieza a preocuparme. Yo la impermeabilicé. Empero, aún hay goteras. El agua, que barre el bote sin cesar, se ha colado hasta mis rodillas, y las siento mojadas a pesar de los pantalones impermeables.
A las 9 en punto empieza el tormento. Mi epidermis debe ser demasiado sensible a los ingredientes impermeabilizadores. El cuerpo me arde como si lo tuviera cubierto de brea caliente. Pero rechazo toda idea de volver atrás. Debo seguir adelante, y seguiré.
Al fin dispongo de tiempo para preparar tranquilamente el almuerzo. Ayer mi única comida fue un sustancioso desayuno, durante el cual bebí el doble del líquido que mi estómago soporta ordinariamente. Mucha gente no sabe que el cuerpo es un buen depósito de agua. No comí ni bebí nada durante 36 horas para embotar mis sentidos con el ayuno.
Se acerca la segunda noche.
Trato de reducir toda actividad mental a fin de dormitar y renovar mis fuerzas para el día siguiente. Este es un arte al que debo acostumbrarme. Dormitar sentado, cualquier persona puede hacerlo, pero dormitar y al mismo tiempo conservar el rumbo, ya es mucho más difícil. Paso apuros para mantener el curso gobernando el timón con los pies. Me duermo mas profundamente y entonces sueño durante fracciones de segundos.

3er Día, 22 de Octubre. Ayer perdí de vista la tierra. Ahora estoy realmente solo. ¿Cuánto tiempo durará el viaje? Calculo unos setenta días. Después de manejar objetos mojados y de sacar el agua del bote continuamente, tengo hinchadas y muy sensibles la punta de los dedos. Con tareas pesadas logré endurecer las palmas de las manos, pero no me acordé de las yemas de los dedos.

4to Día. 23 de Octubre. Ha mejorado el tiempo. Espero poder secar al sol mi ropa empapada. Es mediodía,

la "hora del aseo". Coloco un remo atravesado sobre el bote, y salgo por el agujero de la cubierta de lona. Me quito la chaqueta de remar, los pantalones impermeables, los pantaloncitos, el grueso suéter y la camiseta. Todo está empapado. Cuelgo estas prendas en el obenque del palo de mesana. ¡Qué delicia sentir que el sol me calienta el cuerpo! Achico el bote, pongo a secar el cojín del asiento, y luego arreglo un sitio cómodo para sentarme. Una vez seca la ropa, le echo talco y me vuelvo a vestir.

5to Día. 24 de Octubre. La noche fue aterradora, y sé que las siguientes no serán mucho mejores. Hace frío.
Sueño mucho durante el día. En tierra oraba con regularidad y aquí también rezo para permanecer alerta. En la oración el hombre se recoge, olvida el mundo exterior y cobra fuerza.

6to Día. 25 de Octubre. Esta mañana descubrí una botella de jugo de naranja que Jim escondió en el bote.
Mas tarde, mientras marcaba la carta con un alfiler para señalar el curso, encontré en el almanaque náutico una fotografía de mis tres amigos del Tangaroa, con una inscripción cordial: "Mi querido Hannes, continúa hacia el Oeste. Hemos apreciado mucho tu amistad. Jim".
Poco después miro hacia lo alto del palo de mesana y descubro allí un saltamontes. Preocupado, me pregunto como alimentarlo.

7mo Día.26 de Octubre. Esta semana he comido exclusivamente comestibles enlatados, con objeto de aligerar el bote. Las únicas cosas frescas que tengo son unos dientes de ajo y unas cuantas naranjas. De mañana tomé una ración de leche evaporada, y ya entrada la noche, una ración de cerveza y una lata de guisantes sazonados con unos cuantos trozos de ajo. La leche y la cerveza además de alimentar, atenúan, por ser líquidos, los efectos psicológicos del hambre.

 

volver a comunidad - narraciones