72 días solo en el mar

En el otoño de 1956 un médico alemán, Hannes Lindemann, decidió someterse a una prueba única de resistencia: cruzar el Atlántico en un bote plegadizo para navegación fluvial.
Nadie había atravesado el océano en una nave tan pequeña y sin recibir ayuda durante la travesía. Este artículo es una síntesis del diario de Lindemann, basado en su cuaderno de bitácora.

 

Segunda parte - días 8 a 27

 

8vo Día. 27 de Octubre. El sol asaetea sin clemencia la vela de popa. Rocío la lona con agua salada y luego me siento mucho mejor a su sombra. Hoy, por primera vez, vi algunos pececillos debajo del bote.
La parte sumergida del casco está pintada de rojo. Los peces pequeños fueron atraídos por la sombra del bote, pero todavía no sé si los peces grandes, especialmente los voraces tiburones, huirán del color rojo.

 

9no Día. 28 de Octubre. Los vientos alisios soplan con más fuerza y las crestas de las olas pasan sobre la cubierta de lona. Pero es tan difícil evitar estos inconvenientes en un bote plegadizo, como a un motociclista le sería librarse del polvo del camino.
Al determinar mi posición al mediodía descubro que estoy a 26º de latitud, casi a ciento cincuenta millas al sur de Las Palmas. Mientras guardo el sextante en su funda impermeable, un delfín muerde el anzuelo que colgué en la paleta. Lo mato con el cuchillo. Primero sorbo la sangre, luego como el hígado, las huevas y una parte de la carne, y guardo el resto para mañana. He ahorrado la ración de un día entero.
Las olas se han agigantado. El armazón de madera del bote se tuerce cada vez que una ola lo golpea.

 

10mo Día. 29 de Octubre. El viento arreció anoche y ahora sopla del Noroeste a 30 nudos. El arbotante -un remo y una cámara de goma partida por la mitad- resbaló un poco anoche, y en las primera horas de la mañana la cresta de una ola lo sacó de su sitio por completo. Con las velas arriadas, metiendo sobre la lona, rectifico el curso y me echo sobre el arbotante. Súbitamente se yergue ante mis ojos un enorme muro de agua y luego de desploma sobre mí. Mientras recobro el aliento, la ola gigantesca desaparece. Acostándome sobre el arbotante evité un naufragio, pero el bote se llenó de agua. Tomo una olla y achico. Después con una esponja seco el agua que queda.
Por la tarde caen algunos chubascos y recojo unos tres litros de agua en la cubierta de lona. Bebo un litro inmediatamente y guardo el resto en un recipiente de aluminio.

 

13er Día. 1 de Noviembre. El viento sopla en dirección contraria. Por alguna razón desconocida ya no le puedo dar cuerda a mi reloj. Empero mi cronómetro todavía funciona. Ahora surge del Sudoeste una fuerte ráfaga que rompe el botalón. Logro repararlo fácilmente pero la vela ya no ajusta bien. ¿Por que lo llamo botalón? ¡Es sólo un palo, no más grueso que un dedo!

 

14º Día. 2 de Noviembre. Desde ayer he usado el ancla flotante –un costal de lona, abierto, que se arrastra bajo la superficie- para mantener el bote en su curso. Pero al usar el ancla, las crestas más grandes pasan sin piedad sobre el bote, aunque no haya tormenta.
Alrededor del mediodía el viento amaina. Durante la hora del aseo un pequeño delfín iridiscente busca protección a la sombra del bote. Lo persiguen tres hermanos mayores, como de un metro y medio de largo.
La caza debe haberlos divertido porque de pronto empiezan a golpear el bote con la cola.

 

18ºDía. 6 de Noviembre. Al fin cesa el viento, y aparecen en el cielo las primeras nubes que traen los vientos alisios. Saco las cosas que se han mojado y las pongo a secar sobre la cubierta. Terminada esta labor me siento otra vez cómodamente y me tomo el pulso: al sol, y después de este esfuerzo, cuento 48 pulsaciones por minuto. Las últimas dos noches tuve 34.
Me siento optimista. Tan pronto hago planes para un nuevo viaje por mar, como sueño con mi idea favorita: establecer una granja en el Trópico. Durante las primeras dos semanas pensé que necesitaría una mujer en la granja, pero ahora ya descarto la idea del matrimonio. Incluso prefiero cocina. ¡Ah, cocinar! Pienso mucho en la comida, especialmente en golosinas y, como buen alemán del norte, en una torta con crema batida.

 

22º Día. 10 de noviembre. Ahora estoy en la zona tropical, pues anoche crucé el Trópico de Cáncer. Grandes ráfagas soplan aún con fuerza. Encrespan la superficie de las olas, las agitan, las golpean, las vuelcan y acaban por convertir el mar en un infierno.
Los chubascos caen uno tras otro, formando remolinos de todos los tamaños. Es como correr descalzo sobre el empedrado. Compadezco a mi bote de goma.

 

23º Día. 11 de Noviembre. Es domingo. Pienso en el café con tortas que han de estar tomando en casa, y en mis oídos resuenan las campanas de mi iglesia natal.
De pronto aparece un banco de peces sierra. Rápidamente pesco uno por la cabeza. Al comérmelo, crudo, observo que las encías me sangran, señal que debo empezar a tomar tabletas de vitaminas. Tengo un absceso en el muslo como resultado de un divieso. Para curarlo me doy una inyección de penicilina.

 

26º Día. 14 de Noviembre. Pongo carnada fresca en el anzuelo. Poco después un delfín pica y comienza a forcejear. Pero, ¿qué pasa? Otros delfines que nadan cerca del bote parecen inquietos, y se reúnen a corta distancia de la banda de babor. A menos de tres metros asoma un tiburón. No osa aproximarse al bote. Inmediatamente saco al delfín del agua y lo mato con el cuchillo. El tiburón debe haber notado el forcejeo del pez y ha venido a curiosear. Ahora merodea a la zaga del bote. Es un ejemplar bastante desarrollado, de unos cuatro metros de largo. Tal vez pese dos veces más que mi embarcación, incluyendo provisiones y pasajero. Sin embargo, cuando advierto que es mucho más tímido que yo, me tranquilizo.

 

27º Día. 15 de Noviembre. Una ballena solitaria chapalea a corta distancia, pero no puedo verla claramente porque las olas son muy altas. De pronto oigo un gran ruido, miro en todas direcciones y descubro un chorro de agua como un surtidor. Es la ballena, que aspira con fuerza y se zambulle agitando la cola en el aire. Súbitamente descubro otro tiburón. Se acerca por la popa. Calculo que medirá unos tres metros. Levanta sus ojillos porcinos hacia mí. Como no me place mucho su presencia, lo observo muy atentamente, hasta que su cabeza se encuentra a unos sesenta centímetros de mi asiento, y le atizo un golpe con el remo, con todas mis fuerzas. Sorprendido, veo que no le importa. Al cabo de un rato se va.

 

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