72 días solo en el mar

En el otoño de 1956 un médico alemán, Hannes Lindemann, decidió someterse a una prueba única de resistencia: cruzar el Atlántico en un bote plegadizo para navegación fluvial.
Nadie había atravesado el océano en una nave tan pequeña y sin recibir ayuda durante la travesía. Este artículo es una síntesis del diario de Lindemann, basado en su cuaderno de bitácora.

 

Tercera parte - días 30 a 55

 

30ºdía, 18 de noviembre. Oscuridad creciente, rayos, relámpagos y helada espuma. La noche que me rodea es cruel. Al cada rato enciendo la linterna para mirar la brújula, me siento rendido y desolado.
La rodilla me ha estado molestando. Temo que se haya infectado. Se está hinchando mucho más debajo de la rótula. Tomo una jeringa ya llena e inyecto un poco de penicilina en la parte enferma.
Al fin pasa la tempestad. Por la tarde una botella llega flotando hasta el bote. Está cubierta de lapas y cangrejos; debe haber permanecido en el agua algunas semanas. Como los cangrejos enseguida, masticándolos bien para que su dura concha no me lastime la boca.
Más tarde veo a popa una "serpiente marina" que resopla apaciblemente. Al principio creo que es el ruido de las olas, pero luego distingo con claridad al monstruo deslizándose a través del oleaje y noto que es negro. También advierto que tiene aletas. En realidad son cuatro ballenas chicas, o quizás marsopas, que nadan en fila.
Esta noche debo dormir un poco. Sé que sin sueño no podré resistir otra tempestad. Pero el peligro de naufragar aumenta cuando el sueño me vence.

 

31ºdía, 19 de Noviembre. Pensé que nunca amanecería. Toda la noche hubo chubascos, viento, truenos y relámpagos, y tuve que achicar continuamente. Luego, como me lo temía, ¡perdí el timón! Tanto me había acostumbrado a dirigirlo con los pies que apenas advertí, en medio de mi sopor, que el cable del timón estaba tenso. De pronto se aflojó, y al instante desperté.
Al fin llega el día. El bote, debido al ancla flotante, está en mala posición. Como se inclina demasiado hay más agua sobre la cubierta. Y tengo las manos realmente lastimadas.
La cubierta de lona parece hablarme: "Ven acá, hombre, sé razonable y descansa. Deja que los otros hagan algo. No es necesario que tú solo lo hagas todo". Mis sentidos han experimentado un cambio peculiar. No solamente converso conmigo, con las velas o con el arbotante, sino que además oigo a mí alrededor voces que parecen humanas.

 

32ºdía, 20 de noviembre. Espero que la tormenta amaine para instalar el timón de repuesto.
Sosteniendo una nueva caña con los dedos de los pies, y con el timón de repuesto atado a la muñeca derecha, me sumerjo en el mar vestido. El agua está tibia y las olas se elevan hasta cinco metros de altura. Me afirmo en la popa con el brazo izquierdo, y ya estoy a punto de tomar el timón con la mano izquierda, cuando una ola grande me arrebata. Me zambullo con la rapidez de un relámpago y tengo la suerte de pescar la cuerda con que lo había amarrado. ¡Por poco se me escapa!
La siguiente tentativa tiene mejores resultados. Con la mano derecha coloco la caña en su sitio y la amarro.

 

36º día, 24 de noviembre. En el cielo revolotean de nuevo toda clase de pájaros. El viento está muy flojo y como las velas apenas laten, arrío la de popa. Entonces veo una inmensa caja negra, como a media milla. Debe ser un barco.
Agito la mano para indicar a los tripulantes del buque que estoy bien. Tal vez no me vean; están demasiado lejos. Noto que viran en mi dirección, y poco después distingo caras en el puente. La tripulación me mira desde arriba con curiosidad. Un oficial, joven y rubio, sale a la cubierta principal y con un megáfono me pregunta: "¿No quiere acercarse?" Casi sin pensarlo respondo: "No, gracias." "¿Necesita algo que comer?" "No, muchas gracias." "¿Cómo se llama?" Le digo mi nombre y le pregunto mi posición exacta. El oficial ordena que se calcule, y me hace algunas preguntas más: "¿De dónde viene?" "De Las Palmas; hace 36 días que navego hacia Santo Tomás." "¿Le gustaría que avisáramos al club náutico de Santo Tomás para que lo esperen?" "Sí; muchas gracias."
Luego me da la posición: 36º28" de longitud, 20º16" de latitud. Esto concuerda con mis cálculos y significa que estoy a mitad de camino. Con incredulidad el oficial me pregunta de nuevo si realmente no quiero alimento. "No, gracias." El buque, que es un carguero, reanuda el viaje, y el capitán grita desde el puente: "Buena suerte." Le doy las gracias. Emprenden la marcha con sumo cuidado, para no poner en peligro mi bote. En la popa ondea la bandera holandesa: es el Blitar, de Rotterdam.

 

48º día, 6 de diciembre. Fuertes brisas me han acosado por todos lados durante cinco días. Lo noto por las reacciones de mi cuerpo, constantemente mojado. Todas las coyunturas –sin hablar de las asentaderas- me duelen; un perfecto barómetro.

 

49º día, 7 de diciembre. Quise navegar toda la noche, y no pude. Estaba rendido. Como nuevamente oí voces las contesté y charlé con todas las cosas que me rodeaban, como si estuviera entre amigos: "¿Dónde está el cuchillo?" "Aquí no está." "Vamos, vamos, aquí tienes un trabajito." Y dirigiéndome al arbotante le decía cada vez que gracias a él manteníamos el equilibrio: ¡Bravo!, te has portado bien."

 

51º día, 9 de diciembre. Hace unos días un pez sierra me mordió la mano derecha cuando le sacaba del cuerpo un pequeño arpón de mi fusil submarino. Se me ha formado un absceso.
Sigo pensando en comer. Al pasar por Philipsburg (en las Indias Occidentales Holandesas) me detendré en algún lugar tranquilo para hacer compras: pan blanco, mantequilla, queso suizo y jamón; y de postre, puré de crema, pero no se encuentran esas cosas en los países tropicales.

 

53º día, 11 de diciembre. Una gran masa de sargazos pasa flotando junto al bote. En esta latitud sólo puede proceder de las Antillas. Mas no debo forjarme falsas esperanzas. El procedimiento que sigo para medir la longitud es muy rudimentario, pero creo que es seguro.

 

55º día, 13 de diciembre. Como el timón ha vuelto ha desgastarse, tengo que concentrar toda mi atención en mantener el curso, en medio de este ventarrón. Viene por la popa una enorme ola que casi me ahoga. Quedo sin aliento y la ola me empuja unos 10 o 15 metros, y al fin me deja caer de golpe.
Con una esponja recojo poco a poco el agua del bote. Al caer la tarde veo una luz roja, luego una verde, y finalmente las dos juntas. Al principio no imaginaba que podría ser. Ahora ya lo sé: es un buque. Viene en línea recta hacia mí. Parece que intenta aplastarme. Alisto el remo y la linterna. Pero el buque pasa a unos 50 metros de distancia.

 

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