72 días solo en el mar

En el otoño de 1956 un médico alemán, Hannes Lindemann, decidió someterse a una prueba única de resistencia: cruzar el Atlántico en un bote plegadizo para navegación fluvial.
Nadie había atravesado el océano en una nave tan pequeña y sin recibir ayuda durante la travesía. Este artículo es una síntesis del diario de Lindemann, basado en su cuaderno de bitácora.

 

Cuarta parte - días 56 a 59

 

56º día, 14 de diciembre. Navegué toda la noche, impulsado por el viento. No recuerdo cuando fue la última vez que dormí. Sólo sé que estoy muy cansado, casi exhausto.
Un ave tropical me saluda, y yo grito: "¡Hurra!" Es el primer habitante de América que he visto durante el viaje. Necesitaba algo así para reanimarme.
A babor brota de pronto un inmenso buque cisterna. ¿Qué querrá? Les hago señales como diciéndoles: "Vete. ¡Larga! Todo va bien aquí." Entonces veo a un hombre con un megáfono y creo oírle decir: "Mi querido Lindemman, ¡no sea tan obstinado!" Pero el mar está tan picado que no alcanzo a entender ni una sola palabra más. Tal vez sea mi imaginación que ha vuelto a gastarme una broma.
El petrolero navega en torno al bote y se acerca otra vez. Un joven oficial me pregunta con desesperado ademán si puede ayudarme en alguna forma. Con una sonrisa y agitando la mano le contesto que no. El Barco sigue adelante y en su estela el agua se arremolina y baña el bote.
Ahora debo impedir que el oleaje levantado por el buque haga zozobrar mi pequeño bote. El buque tanque era el Eaglesdale, de Londres. Me alegro de verlo. Es grato saber que en las cercanías hay alguien que podría prestar ayuda, aunque yo no la acepte. Pero, "¿debí aceptarla?", me pregunto. ¿Flaquear después de 55 días de navegación? ¡De ninguna manera!

 

57º día, 15 de diciembre. ¡He pasado una noche infernal! Comienzo a cantar, pero no puedo seguir. Sólo se que debo guardar el bote en un cobertizo, o donde sea. ¡Y salir de él! ¡Y echarme a su lado a dormir y nada más que dormir!…
¿Estoy nadando? La sacudida me despierta. Antes de comprender lo que ocurre, las olas rompen sobre mí sus crestas de espuma.
Debo achicar ¡pronto! Pero ¿porqué no lo hago? Estoy invitado a una cacería. Un criado negro viene a buscarme y me siento cómodamente en una especie de ricksha. ( Después de varias semanas de soledad, el arbotante de goma negra se convierte para Lindemann en un muchachito africano con quien sostiene largas conversaciones.)
"Muchacho, ¿ a donde vamos?, le pregunto ansioso. "Cálmese, que tenemos que atravesar las olas", contesta el chico. Y a medida que avanzamos dando tumbos, todo se llena de agua. "Muchacho, ¿dónde viven tus amos?" Y él contesta: "En el Oeste." Se me ocurre una idea. "¿Oeste?" Conozco esa palabra. ¡Ah!, ya sé: la brújula. Consulto la brújula. Me he desviado mucho. Vuelvo la cara hacia la izquierda, buscando al chico. Se ha ido. En su lugar está un caballo negro que tira el bote.
De madrugada se desencadena una tormenta. Las olas se elevan como torres a una altura tal que exclamo, incrédulo: "¡No, olas tan inmensas sencillamente no existen!" Pero enseguida agrego: "¡He de llegar! ¡Tengo que triunfar!"
Como si quisiera afirmar mi propósito, levanto la mirada y veo un rabihorcado. Debe venir de América. Según mis cálculos todavía estoy a unas 400 millas al este de las islas del Caribe. Mas como estas oscuras aves rara vez se alejan tal distancia de su nido, debo haberme equivocado. ¡Quizás me encuentre a cuatro días de la costa!
Sintiéndome más cómodo a la hora del crepúsculo, arrojo al mar el ancla flotante. Luego me inclino hacia delante; tengo la cabeza cubierta con la lona y los zapatos de goma desabrochados para poder quitármelos rápidamente por si el bote se vuelca.
Las estrellas me indican que deben ser las 9 p.m., más o menos. Súbitamente un muro inmenso se levanta a mi derecha y no sé más de mí. ¿Estoy muerto? No; boqueo con desesperación. El bote ha zozobrado y yo manoteo entre las olas. El casco invertido sobresale del mar. Está resbaladizo. Al fin atrapo el arbotante. La tempestad no amaina. El oleaje ronca, brama, truena, implacable. El mar está helado. Luego me veo sobre el casco, aferrado al arbotante con la mano derecha y asido con la izquierda de la borda del bote. El viento me zarandea, y hace un frío horrible.
Ha de ser media noche. Comprendo que debo esperar que amanezca antes de intentar enderezar la embarcación. Un viento cortante me hiela hasta los huesos. Vuelvo a sumergirme en el agua que ahora parece tibia.

 

58º día, 16 de diciembre. Después de medianoche el frío es todavía más intenso que antes. Debo pensar en la iglesia de mi aldea natal. ¿Por qué? No lo sé. En ese instante golpeo un objeto duro con los pies. Asustado, me encaramo sobre el casco con frenética rapidez.
Por fin veo la aurora. Ya no puedo esperar más: debo enderezar el bote. Amarro una larga cuerda en el puntal del arbotante y logro mi propósito.
La base del palo de mesana está rota. El ancla flotante se perdió. Subo al bote, me siento, y hago un inventario de lo que se salvó.
Todos los comestibles en conserva que había ahorrado tan cuidadosamente se perdieron, con excepción de 11 latas de leche que guardé en una bolsa atada al mástil. Aparece la linterna, que es impermeable. Todavía funciona. Dos valijas de fotógrafo y mis dos cámaras Leica desaparecieron, aunque las había amarrado al bote. El agua entró en las otras bolsas de fotógrafo y el sextante se estropeó. Las piezas de repuesto del bote, las gafas para ver de noche, mis artículos de tocador: todo en el fondo del océano o flotando quien sabe donde.
Las velas están tan enredadas que no veo como podré izarlas de nuevo… ¿Qué le pasó al cronómetro? Se llenó de agua, ya no sirve. Mi cuchillo bueno se fue. Sólo me queda un cuchillo curvo y mellado. Pero estoy sano y salvo. ¿Qué más puedo pedir?

 

59º día, 17 de diciembre. La tempestad aúlla, el mar ruge, y yo estoy muerto de cansancio. Pasé la noche temblando de la cabeza a los pies.
¡Aire, aire al fin! El bote se ha volcado nuevamente. Mis manos resbalan del casco. Me aferro a él y enderezo el bote. Ahora estoy sentado otra vez a bordo, sentado en el agua. Sólo siento frío cuando me muevo. Entonces el agua helada me cala hasta los huesos.

 

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