72 días solo en el mar
En el otoño de 1956 un médico alemán, Hannes
Lindemann, decidió someterse a una prueba única de resistencia: cruzar el
Atlántico en un bote plegadizo para navegación fluvial.
Nadie había atravesado el océano en una nave tan pequeña y sin recibir ayuda durante la
travesía. Este artículo es una síntesis del diario de Lindemann, basado en su cuaderno
de bitácora.
Quinta parte (última) - días 63 a 72
63ºdía, 21 de diciembre. A ratos me siento medio muerto. Todo se ha acabado sencillamente, ¡hasta el pensamiento! Sólo queda la soledad infinita de esta infernal tormenta. Es increíble, pero sé que mi embarcación no me defraudará. Este bote plegadizo es ahora la parte más firme de mi propio ser, más firme que las embravecidas olas: humilla al mar, y el mar lo sabe.
66ºdía, 24 de diciembre. ¿Cuántos días he
navegado sin dormir? Muchos días y Dios sabe cuántas noches. ¿O serán semanas?
¡Debe ser la víspera de Navidad! Y aquí viene volando mi regalo de Navidad; golondrinas
terrestres ¡verdaderas golondrinas terrestres! Pían y riñen como siempre. ¡Ahora
cantaré un villancico! "O du froehliche, o du selige
"
Mis pies descubren que las cuerdas del timón ya no oponen resistencia. ¡El timón se ha
roto! Tendré que remar y timonear con el remo. ¡Y esto en vísperas de Navidad!
Tengo reumatismo en un brazo, así que paso el remo de una mano a otra a cada rato. Llega
el crepúsculo. Y un haz de luz rasga al fin las tinieblas. Tal vez sea, por fin, el del
faro Saint John, de la isla Antigua. Si esto es verdad, llegaré allí por la mañana.
Comeré caramelos todo el día. Reaparece el muchachito africano. "¿Adónde vamos
ahora?", le pregunto. "Al Oeste", me contesta.
68ºdía, 26 de diciembre. Todavía no veo tierra. Una duda me oprime: ¿Habré pasado las Antillas sin advertirlo? No sería el primero a quien le ocurriera tal cosa. Señor, ayúdame, debe haber tierra a corta distancia.
70ºdía, 28 de diciembre. Hoy es mi cumpleaños. Pero ¿ porqué he de recordarlo? No puedo pensar más que en una torta.
71ºdía, 29 de diciembre. He pasado tres semanas con la ropa mojada y 21 noches sentado en el agua. Aproximadamente al mediodía veo la sombra de una nube en el horizonte. ¡Hurra! Es una isla. Pero tres horas más tarde mi islita desaparece detrás de un banco de nubes.
72ºdía, 30 de diciembre. Por fin surge una isla,
desolada y rocosa, y otra más grande, hacia el norte. Descubro una sombra al fondo. Por
la configuración del terreno, advierto que navego rumbo a Philipsburg, puerto de la isla
de Saint Martin.
Cae un chubasco y luego fuertes lluvias. Al fin entro en la bahía. ¡Qué espectáculo!
¡Qué paz tan completa! ¡Qué quietud! A mí alrededor veo el verde vivo del trópico,
salpicado de tejados rojos y casas de alegres colores.
La tarde está muy avanzada. A golpe de remo me acerco al muelle, donde se han apiñado
varios fugitivos del chubasco. ¡He llegado! Debo salir del bote. Me tiemblan las
rodillas, como que no he estado de pie en 72 días. Tiro de la popa para sacarla del agua,
tropiezo y caigo. Finalmente logro arrastrar la proa hacia adentro.
Intento acercarme a la popa para empujar el bote, pero no puedo caminar derecho. Caigo
otra vez. Entonces unos cuantos curiosos de buenos sentimientos salen del muelle y
acarrean el bote tierra adentro.
Todavía llueve. Los hombres me preguntan de donde vengo. "De Las Palmas",
replico lacónicamente. Alguien me llama desde el muelle, y me acerco dando traspiés. Es
un policía que quiere ver mis documentos. Le muestro mi pasaporte y le doy una breve
explicación.
Regreso penosamente al bote y recojo las velas. Después camino hacia el hotel en
compañía de algunos nativos, llevándome las cosas más necesarias: cámara
fotográfica, bitácora, documentos personales y una muda de ropa interior. Ya ando con
más seguridad.
Tras una ducha, tomo café con torta de coco. Como tres pedazos, del tamaño de mi mano.
Su sabor es excelente. A continuación el gerente del hotel me trae un bistec, no muy
grande, pero que me parece maravilloso.
Me acuesto y trato de dormir. Ahora se presentan los efectos de la terrible tensión en
que viví las últimas semanas. No puedo conciliar el sueño. A media noche desisto, y
dejando la quietud de mi habitación bajo a la playa. Me siento junto al bote durante un
buen rato. Oigo el rumor de las olas. Al cabo de tantas semanas, suena en mis oídos
extrañamente arrullador.
FIN