INDICE          

CAPITULO I                ¡ Así que me largué !

CAPITULO II              Preparación del equipo

CAPITULO III            ¡Embarcación al agua!

CAPITULO IV            Por el Paraná

CAPITULO V            Río de la Plata y Cangrejos

CAPITULO VI           En el mar

CAPITULO VII           Villa Gesell

Recomendaciones y experiencias en el mar

Recorrido

Elementos y materiales

Agradecimientos

 

 

¡EMBARCACION AL AGUA!

El 1º de enero a las 3 hs. a.m. nos encontramos en la Cabaña del Navegante con un montón de amigos y un montón de cosas para colocar dentro de la piragua.

Comenzaron los intrincados y nerviosísimos interrogantes: ¿entrarán todas las cosas o no? Algo que me estaba preocupando, desde hacía dos o tres semanas, era que no habíamos probado nunca la embarcación totalmente cargada, no sabíamos si flotaría o no, con los dos baúles completos y la pesada carpa, la garrafa que tampoco sabíamos si flotaría y que no la podíamos atar, y así nluchas cosas que deberíamos haber probado. Realmente el viaje tendríamos que haberío demorado una semana para hacer todas las pruebas necesarias. Pero no teníamos tiempo.

Empezamos a acomodar las cosas con mucho nerviosismo porque, claro, todos querían colaborar. Era todavía de noche y no había luz suficiente y al no haber probado con anterioridad no sabíamos el lugar de cada cosa. Yo iba poniendo, sacando, probando, poniendo de vuelta, sacando, mirando... Al final llenamos la embarcación y nos quedaron afuera una cámara de auto, los elementos para arreglarla por si se nos rompía y un farolito que me había traído Carlos Sánchez, que yo le pedí que me lleve como enganche para que vaya a despedirnos, porque a Carlos le cuesta estar rodeado de tanta gente. Para mi era importante su presencia en mi partida por haber sido precisamente él quien me enseñó a navegar. Así se quedó el farolito y muchas cosas más afuera, la piragua estaba repleta hasta en los lugares donde nosotros debíamos ir sentados, no entraba más ni un alfiler; recuerdo que al levantarla pensé que nunca iba a llegar ni a la costa.

Llevábamos: carpa, machete, linterna, sombreros, tubo de aire comprimido, cámara de camión, cuchillos, garrafa, bengalas, botiquín, juego de mate, cacerolas, sartén, comestibles (20 Kg. p/4 ds.), remo de repuesto, ropa individual, bolsa de dormir, implementos de pesca, salvavidas, espejo, brújula, mapas, bidones de agua de 5 y 3 ls., 30 mts. de soga, copis, radio, documentos, dinero, diario, máquina de fotos, hornalla, repelente, estacas y dos termos. No había lugar para nada más.

Los problemas comenzaron cuando la pusimos arriba del trailer para arrimarla a la costa, como una punta quedó sin apoyar empezó a crujir como si se estuviera partiendo, así que hubo que sostenerla a pulso desde la otra punta. "Realmente -me dije- con esto no vamos a ninguna parte". A todo esto la gente y los graciosos de siempre confirmaban lo que yo estaba previendo. Así llegamos a la costa del río con toda la gente; yo continuaba muy nervioso porque no sabía si mi barquito flotaría... A esta altura yo temía pasar el gran papelón de mi vida; al poner la embarcación en el agua no flotaría y se iría al fondo con todo su cargamento y todos se reirían de mi y tendría que suspender el viaje. Pero yo no me dejaría vencer, esperaría dos o tres semanas a que todo se secara y lo intentaría de nuevo. Con estos pensamientos decidimos botarla con toda la gente a la expectativa.

Me acuerdo que la levantamos, dejamos los remos en la costa, nos reunimos con Alejandro y empezamos despacio a dejarla en el agua. Al fin flotó, pero flotó ahí nomás, justo al nivel del agua, pero todavía faltaba el peso de los navegantes. Nos miramos otra vez con Alejandro, supernerviosos, no sabíamos si estábamos llorando pero nos caían unos lagrimones terribles y dijimos: 'Nos vamos a pique hermano". A todo esto Alejandro se resbala y cae de la piragua, pero logramos superar todos los inconvenientes y hasta posamos para una foto. luego le dije a Alejandro: "Subite que yo la sostengo", se sube, le doy los remos, estaba muy incómodo con las piernas muy flexionadas y la embarcación volvió a hundirse un centímetro más, ya estábamos al borde del nivel de flotación. Entonces me digo: 'Bueno ahora me subo yo y se hunde, se tiene que hundir, no puede aguantar tanto" ... mis "cortas" piernas no entraban. Y a todo esto seguían las fotos.

Los amigos allí reunidos, entre otros Oscar Van der Groeff, el dueño de la Cabaña del Navegante, Gustavo Fernández Koller, Jorge, Liliana, Flia. Largacha, Flia. Valotto, Flia. Sánchez, Zaro, Miguel Pache y muchos más nos bautizaron la embarcación con sidra, aplausos y saludos.

Oscar Van der Groeff en esos momentos se inclinó hacia mí y me dijo dos cosas fundamentales, dos frases que tuve presente durante todo el viaje y fueron las cosas más positivas que recibí antes de viajar. Oscar me dijo: 'Horacio, en el Paraná no vas a tener problemas y cuando llegues al mar lo difícil va a ser el viento". No me dijo ni que sí ni que no, ni que haga el viaje ni que no lo haga. Me animó, no puso en duda lo que yo estaba por realizar, me puso en la realidad que yo estaba y nada más. Dos cosas muy simples pero que me alentaron durante todo el viaje.

Bueno, ya la embarcación completa se hundió un centímetro más y después me di cuenta que a medida que le fuera agregando peso a la embarcación se hundiría menos: si le ponía una botella de agua adentro sólo se hundía diez centímetros, si le ponía dos se hundía cinco centímetros. Cada vez más peso, cada vez se hundía menos.

Como nosotros no podíamos remar, la corriente inició el viaje, la gente gritando desde la costa nos seguía sacando fotos. Todavía no había salido el sol pero ya estaba aclarando. Tratamos de empezar a remar, muy incómodos, y fuimos pasando por los clubes de la costa, no había casi nadie, era muy temprano, las cinco de la mañana.

A la media hora paramos en la playita del Club de Velas porque nos era imposible remar. Bajamos, sacamos todas las cosas y más tranquilos las volvimos a acomodar, porque estábamos tan incómodos en el poco espacio que nos había quedado, que no podíamos ni movernos, no se podía hacer nada, definitivamente nos llevaba la corriente. Además la embarcación venía muy hundida en la parte trasera.

Al llegar a la altura del puerto de Rosario se levantó una sudestada. Yo me sentía disconforme con la navegación de la piragua, estaba muy hundida, el rompeolas no funcionaba porque a pesar de todo entraba agua. Había que hacer algo. Cuando llegamos al final de Bvrd.Oroño, donde están los silos, nos cruzamos a la isla y buscamos un lugar donde poder subir. Cuando bajamos de la embarcación Alejandro me dijo: 'Nos olvidamos el suero antiofidico", así que volvimos a sacar todo, hicimos campamento, Alejandro se quedó cuidando las cosas y yo volví con la embarcación vacía. Me costó volver hasta la Cabaña del Navegante porque tenía la corriente en contra y mucho viento sur. Al llegar dejé la embarcación al cuidado de un chico que estaba en la costa y me fui a la Cabaña, todos estaban durmiendo y la puerta cerrada con llave, tuve que saltar el tejido, entré sin despertar a nadie, saqué el suero de la heladera y emprendí el regreso.

Ya era cerca del medio día cuando llegué donde estaba Alejandro y nos dimos cuenta que todo fue una pérdida de tiempo, porque al leer el prospecto del suero, vimos que en realidad no nos servía de gran cosa, porque en caso de haber una picadura hacían falta por lo menos cinco ampollas: una para colocarse en el momento, otra para colocar en la herida y otra más para tenerla húmeda y las otras dos para colocar en intervalos de media hora, en resúmen si nos picaba una víbora no podíamos hacer nada.

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