CAPITULO I ¡ Así que me largué !
CAPITULO II Preparación del equipo
CAPITULO III ¡Embarcación al agua!
CAPITULO IV Por el Paraná
CAPITULO V Río de la Plata y Cangrejos
CAPITULO VI En el mar
CAPITULO VII Villa Gesell
Recomendaciones y experiencias en el mar
Recorrido
Elementos y materiales
Agradecimientos
RIO DE LA PLATA Y CANGREJOS
A las diez de la mañana del día 15 de enero partimos hacia Quilmes. En el camino, luego de pasar por el Riachuelo nos encontramos con bancos de arena muy grandes que no nos dejaban acercar a la costa y además, como en todo el viaje, la embarcación giraba sola sin dejarnos remar en línea recta.
Al medio día nos encontramos con un grupo de gente en un camping evangelista: Rodolfo Alberto Alaniz, Pedro Alberto Alaniz,Antonio Ledesma, Rubén Legal, Montenegro de Obras Sanitarias, Gustavo Alaniz, Roberto Alaniz, Paco y Jorge que nos invitaron a comer y beber también... Luego seguimos viaje y llegamos al Club Náutico de Quilmes, cerca del Balneario Municipal. Nos alojamos en Prefectura y a la mañana siguiente partimos hacia La Plata.
Salimos por un atajo con poca agua. Cada vez se hacía más chiquito el canal y cada vez más sucio y lleno de ramas. Sabíamos que había animales en la costa pero no alcanzábamos a verlos porque el follaje era muy tupido. Cerca del final un tronco impedía nuestro avance y Alejandro lo cortó con el machete. El canal finalmente comenzó a abrirse y llegamos otra vez al dichoso Río de la Plata a pesar de todo lo que la gente nos había dicho. Esto fue otro de los logros importantes de nuestro viaje pues habíamos salvado la entrada y salida al Puerto de La Plata que es una escollera de piedra de 2 Kms. que se interna en el río.
Al llegar al Río de la Plata tomamos un refrigerio de miel y pan y luego nos dispusimos a remar. La marea estaba baja. LLegamos Punta Lara a las 16hs. Allí nos encontramos con un chico que nos comentó que a su hermano Oscar también le gustaba viajar en piragua. Al rato de estar conversando llegó Oscar y luego de contarnos de sus viajes nos invitó a seguir un trecho más hasta el Club Remeros de La Plata, a lo que accedimos. Subimos de nuevo a la embarcación y guiándonos por las indicaciones que Oscar García nos había dado para llegar al Club, buscábamos una entrada pequeña. Remamos hasta que llegamos a la costa opuesta a la que nos había indicado Oscar y vimos una entrada formada por camalotes. Nos introducimos por ahí, cada vez se hacía más estrecha, al fin del hilo de agua había una casa que no tenía nada que ver con el Club. De repente sale una persona y le preguntamos cómo llegar. Nos indicó muy amablemente así que viramos la embarcación y volvimos a salir al gran río buscando de nuevo la entrada verdadera. Ya estaba oscureciendo pero alcanzamos a ver un velero que se introducía por una entrada bastante más grande de lo que estábamos buscando nosotros.
Llegamos finalmente al club y preguntamos por Oscar pero ya se había retirado al ver que no llegábamos. Fui a buscar a alguien que nos ayudara a guardar la embarcación en ese lugar hasta la mañana y encontré al presidente del Club y a su señora que ya sabían de nuestra llegada por Oscar. Muy amablemente nos ofrecieron alojarnos en el Club.
Era 17 de enero. Alejandro dio aviso a Prefectura de nuestra llegada, como habíamos convenido y después, a la tarde, arreglamos la embarcación para salir al día siguiente. Aprovechamos también para hacer algunos paseos por la ciudad y visitamos la Ciudad de los Niños.
Salimos hacia Punta Atalaya pero una sudestada nos impidió avanzar así que nos quedamos en Punta Blanca. A la mañana temprano llegó un gendarme de a caballo y dijo que nos andaba buscando. Le comunicamos que a las 10 hs. partiríamos hacia Punta Atalaya. Llegamos a las 16 hs. Almorzamos en el almacén de Luis Rozas. Así nos hicimos amigos de los bañeros y otra gente de la costa, todas muy hospitalarias.
El 20 de enero intentamos salir a la mañana pero otra vez el fuerte viento nos impidió salir; en dos intentos al regresar a la costa casi se nos da vuelta la embarcación; decidimos descansar hasta el mediodía para intentar la partida nuevamente. A las 12 hs. salimos hacia Punta Indio. Paramos a comer en un balneario a un Km. de nuestro destino, según nos decían los lugareños. A las 15 hs. salimos de nuevo, comimos en Magdalena.
Al día siguiente nos dispusimos a partir pero otra vez hubo viento. Conclusión: ¡No salimos!
El día 23 intentamos volver a partir pero aunque nos faltaban 30 Km. tuvimos que parar a las 18 hs. Nos arrimamos a la costa con mucha dificultad por el fuerte viento, hicimos campamento y pasamos la noche.
Llegamos a Punta Indio a las 16 hs. todavía con mucho viento, se divisaba a lo lejos el cartel rojo de un hotel abandonado. Muy cerca de la costa armamos la carpa y fuimos a un almacén a comprar comida y aprovechamos a comer allí mismo.
Al otro día tuvimos que quedarnos allí pues el fuerte viento insistía en no dejarnos avanzar. A todo esto Alejandro también insistía en pescar y como vimos pasar una víbora, la matamos y Alejandro encarnó con ella. Pasó todo el día pero no pescó nada.
Por la mañana tuvimos que dejar Punta Indio aunque no teníamos viento a favor, no nos podíamos quedar otra noche porque ya habíamos perdido mucho tiempo. Así emprendimos viaje a Punta Piedras. Habíamos hecho 10 Km. y ya comenzábamos a desconfiar de las indicaciones de los lugareños pero seguimos remando. A los 2 Km. más adelante sentimos unos ruidos raros en la embarcación pero no le dimos importancia. Al volver a oírlos nos dimos cuenta que algo rozaba por debajo de la embarcación. Introdujimos el remo medio metro y supimos que estábamos en Punta Piedras porque eran ellas las que tocaban el fondo. Así que comenzamos a remar despacio por temor a que una olita nos levantara y cayéramos encima de una punta de esas piedras sobresalientes. A la hora y media entrábamos a la punta de la Bahía de Samborombón...
Pasamos Punta Piedras y salimos navegando hacia el Río Salado, pasamos por unas casas y aprovechamos a preguntar cuánto nos faltaba y nos dijeron 4 Kms. No era así, como siempre, pero nosotros ilusionados seguimos remando aunque ya estábamos cansados. El viento noreste nos ayudaba. Al caer el sol aún no habíamos llegado al Río Salado.
Decidimos parar con la piragua en el barro y pasar allí la noche. Clavamos los remos de repuesto a los costados de la piragua para que no se moviera.
Entrada la noche, al subir el agua con la marea, uno de ellos se soltó pero por suerte nos despertamos y pudimos sostenerla.
Antes de llegada la noche, como veíamos una antena y una casita en la costa, lanzamos una bengala, pero no la vieron. A la noche, cada tanto, hacíamos señales con la linterna pues veíamos luces lejos, pero no pasó nada. Estuvimos toda la noche despiertos con mucho frío y hambre.
En el momento que nos quedamos en el barro surgieron varias incógnitas: ¿Porqué no seguir remando de noche? Bueno, era una posibilidad, pero el miedo era pasar frente a la entrada del río sin verla y perder la referencia. Otro motivo era que a Alejandro le molestaba un riñón, le dolía mucho y no podía remar.
La costa de la Bahía era toda igual, muy pareja, todo barro y juncos, con muy poca profundidad. Había muchos cangrejos y muchos peces llamados lisas que chocaban contra la embarcación, saltando y dando golpes, por momentos parecía que el agua hervía de la cantidad de peces que se movían de un lado a otro.
Esa noche no se pasaba más. Viento, frío y una ausencia de civilización total. Para contrarrestar el frío encendíamos los encendedores para usarlos de estufas ya que como el habitáculo formado por el copis era chico, algo calentaba.
¡¡¡Qué noche para extrañar, valorar y pensar!!!
Al día siguiente seguimos dentro de la piragua con el copis de techo y varados en el barro. Ahí supimos lo que son los cangrejales: muchos cangrejos dando vueltas alrededor de la piragua esperando que bajáramos, ¡¡¡por supuesto que no les dimos el gusto!!!
A las 10,hs. apareció en el cielo un helicóptero de Prefectura y con mucha alegría nos comunicamos con ellos diciéndoles que nos encontrábamos bien y que esperábamos la tarde para salir de allí y seguir remando. El helicóptero se dirigió primero hacia el sur y luego volvió hacia La Plata sobrevolándonos.
Habíamos sacado la conclusión de que el río Salado quedaba más al sur. Con mucho cansancio seguimos para ver si encontrábamos la tan esperada entrada hasta que al fin a las 16 hs. dimos con ella. Grande fue nuestra alegría en ese momento pero más grande era nuestro cansancio.
Nos arrimamos a la costa porque a Alejandro le seguía el dolor en los riñones y decidimos ir a ver a un médico. Nos llevaron en un jeep hasta Pipinas y el médico que lo atendió le pidió un análisis. Mientras esperábamos el resultado aprovechamos para llamar a Rosario y de paso pedir un giro bancario a mi padre.
El 25 de enero Alejandro fue a buscar el resultado del análisis y a la vuelta me comentó que estaba en condiciones de seguir viajando, pero como el banco no había recibido el giro tuvimos que quedarnos unos días más. Entre tanto Alejandro seguía empecinado con su pesca pero sin éxito. Al otro día estuvimos haciendo compras y conversando con la gente y así nos enteramos que así se había librado la batalla de San Gregorio.
El 28 de enero fuimos a Verónica a buscar el giro y nos encontramos con que todavía no había llegado. Con las pocas monedas que nos quedaban insistimos en llamar a Rosario a la casa de Alejandro, pero no contestaba nadie, probamos en mi casa y al fin logramos comunicarnos y nos volvieron a decir que ya lo habían mandado. Al día siguiente fuimos al Banco, nos entregaron el giro, hicimos compras y volvimos al Salado.
El 30 a las 7.30 hs. salimos rumbo a General Lavalle por la boca del río Salado. Hasta el mediodía la Bahía estuvo tranquila pero a la tarde comenzó a soplar el viento. A eso de las 17 hs. teníamos agua dentro de la embarcación y la ropa mojada y aunque habíamos comido dentro de la piragua en constante viaje, decidimos parar para secarnos. A las 18 hs. paramos en una pequeña bahía para cambiarnos de ropa y achicar el agua y de repente nos dimos cuenta que otra vez estábamos varados. Otra vez barro, cangrejos y tormenta.
A la noche nos colocamos las camperas náuticas, levantamos el copis y nos preparamos para pasarla lo mejor posible. Al otro día el agua aún no había subido lo suficiente, así que tuvimos que esperar hasta la tarde, pero el agua tampoco subió. Pensábamos, otra vez, distintas formas de salir: bajar con los remos, pisar en ellos para poder caminar o inflar la goma auxiliar y pisar arriba de ella. Pero nada era seguro, a todo esto tuvimos que ingeniarnos para realizar nuestras necesidades fisiológicas utilizando bolsitas de nylon.
A la tarde, ya aburridos, comenzamos a hablar con los cangrejos y a uno de ellos Alejandro le sacó un bracito y luego éste lo siguió toda la tarde como reclamándole que se lo devolviera. Así llegó la noche y a las 20 hs. el agua llegó hasta nosotros pero como se levantó tormenta no pudimos avanzar, pero por lo menos ya estábamos en el agua.
A las 5 de la mañana comenzamos a remar hacia Gral. Lavalle. Teníamos mucha sed y luego de mucho andar comenzamos a ver visiones: departamentos, autos y casas en la costa, pero como sabíamos que la ciudad quedaba a 7 Kms. tierra adentro nos dábamos cuenta que no podía ser posible, pero por momentos nos enganchábamos en la idea y comenzábamos a remar como locos hasta quedar agotados, ¡¡tantas eran las ganas de llegar!! No se puede explicar lo que uno siente en ese momento pero creo que se está fuera de sí. Lo concreto es que se van agotando todas las energías que quedan y uno comienza a debilitarse mucho.
Así estábamos cuando vimos una boya que luego resultó ser un barco pesquero, nos arrimamos y el dueño Miguel Marchi, nos recibió calurosamente, invitándonos con comida y agua porque estábamos extenuados, con hambre y sed. A las 10 hs. nos comunicó con Prefectura ubicándonos en el mapa a 15 Kms. de Gral. Lavalle. Continuamos la marcha y llegamos donde estaba la boya de entrada a la ría que conducía a la ciudad, pero por un momento estuvimos desorientados pues faltaba el cartel indicador. Al fin encontramos lo que parecía ser la entrada y siempre remando, vimos a lo lejos unas antenas y una torre rosada. Al rato unos pescadores nos confirmaron que estábamos en la entrada a Lavalle. Después de recorrer 7 Kms. llegamos a la Prefectura de Gral. Lavalle.
Gral. Lavalle en sus comienzos fue una ciudad pujante, con saladeros e industrias, pero hoy en día sólo le queda la historia y su gente, la cual nos merece todo nuestro respeto por su atención hacia nosotros. En la ciudad hay un museo atendido por otro raidista, el próximo viaje que tenía previsto era, pero de a caballo, unir Chile con Argentina en gesto de amistad. En ese museo está la tumba de Santos Vega y toda la historia de la ciudad.
Una noche fuimos a una peña folklórica donde nos conectamos con toda la gente del lugar. Allí conocimos a un muchacho de 17 años, cantor; toda su vida y enseñanza era el campo. Fue un gusto encontrarnos con este muchacho que para nosotros representa el emblema del ser argentino que sigue viviendo en nuestra tierra.
Cabe destacar que la entrada de la ría, que es una entrada del mar al continente, funciona con las mareas, no tiene cauce propio. Es una particularidad de los países nórdicos donde hay acantilados, pero en Argentina la encontramos en una llanura, es única en Sud América.
En el pueblo nos dieron alojamiento, nos bañamos con una regadera. Casi me desmayo del cansancio. Luego fuimos a comer, eran las 15 hs. pero después nos fuimos a dormir la siesta, nos levantamos para la cena y al conversar con un médico nos dió orden de no salir sin descansar por lo menos una semana.
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