CAPITULO I ¡ Así que me largué !
CAPITULO II Preparación del equipo
CAPITULO III ¡Embarcación al agua!
CAPITULO IV Por el Paraná
CAPITULO V Río de la Plata y Cangrejos
CAPITULO VI En el mar
CAPITULO VII Villa Gesell
Recomendaciones y experiencias en el mar
Recorrido
Elementos y materiales
Agradecimientos
EN EL MAR
El día se presentaba con viento noroeste, buen viento para nosotros. Apenas salimos nos dirijimos hacia el faro y cuando llegamos nos dimos cuenta que teníamos que ir más al norte, pasando bien afuera. No sabíamos cuándo comenzaba la punta pero notamos que las olas comenzaban a crecer de volumen y de altura cada vez más.
¡Anímicamente estábamos muy bien, Alejandro comenzó a cantar y silbar, eso me distrajo y no me di cuenta que las olas crecían tanto que parecían paredes muy altas y anchas que nos encerraban en ellas. En un momento dado la embarcación estuvo mitad en el agua y mitad en el aire, no duró mucho, pero hubo mucha tensión en esos pocos minutos; luego el mar que nos recibió fue calmo. Paramos en Punta Rasa, al norte del Cabo de San Antonio, para almorzar, sacamos fotos y luego salimos hacia San Clemente. De pronto Alejandro avistó la línea de división del río con el mar: agua marrón y agua verde, una verdadera maravilla de la naturaleza.
Después de haber descansado continuamos viaje y de pronto apareció nuestro enemigo: el viento, primero suave y luego, cambiando hacia el sur, se produjo otra sudestada. Las olas comenzaron a elevarse y empezaron los "corderitos". Ya nos faltaba poco para llegar a San Clemente, arribamos a las 15 hs. con la sudestada en su plenitud. Estacionamos la embarcación en la playa, se acercó un bañero y nos dijo que allí no podíamos estacionar el vehículo, a lo cual le contestamos que al día siguiente iiilo íbamos a sacar!!! Se aproximó luego el jefe de bañeros y tras darnos a conocer quedó todo solucionado, mientras tanto ya estábamos rodeados de gente que se acercó para ver qué pasaba.
Como primera medida nos fuimos a reportar a Prefectura y allí nos fue a buscar un jóven, Alejandro Bellini, quien había realizado, dos años atrás, un viaje similar al nuestro, desde Montevideo a San Clemente. A él también Miguel Marchi lo había ayudado en la Bahía de Samborombón. Entablamos una amistad que hasta el día de hoy continúa. En esa ocasión nos invitó a cenar a su hotel, fundado por sus abuelos;.decidimos a ir con la condición de volver temprano pues al otro día debíamos proseguir viaje. A toda costa quería que nos quedemos unos días con él para hablar y conocernos mejor, pero el viaje no podía esperar. Ya habíamos descansado lo necesario y recobrado nuestras fuerzas. Estábamos listos para zarpar. Si bien ya habíamos logrado unir el río con el mar, la propuesta era llegar a Villa Gesell y no podíamos cortar el viaje a sólo 100 Kms. de la meta.
El 6 de febrero salimos rumbo a Mar de Ajó. Esa noche dormimos en la playa. Habíamos rechazado la invitación de Bellini para ir a dormir al hotel porque sabíamos que después de dormir en una cama al otro día no nos íbamos a levantar.
Le encargamos que nos viniera a despertar, ya que esa noche le tocaba hacer guardia en el hotel. A las seis de la mañana llegó con su novia y la verdad que no podíamos levantarnos de cansados que estábamos. Pero teníamos que partir. Le habíamos prometido al médico que íbamos a hacer un día de viaje y un día de descanso pero ya habíamos perdido una semana en Gral. Lavalle y no podíamos esperar más.
Con lo que nos quedaba de fuerzas nos metimos en el mar, Bellini y la novia nos ayudaron a entrar la embarcación al agua. Este fue otro problema que tuvimos que aprender a resolver. No podíamos meter la embarcación en el agua y salir remando. Para poder hacerlo teníamos que poner la embarcación en la arena, subirnos y empujarla con los remos o esperar que al subir el agua la moviera, no había otra manera. Tendríamos que habernos quedado unos días más en San Clemente para ensayar esta maniobra pero llevábamos seis días de atraso. Además nuestras madres ya nos estaban esperando en Villa Gesell, lo cual era otro problema, agregado a las presiones que ya teníamos con Prefectura y las nuestras propias, más toda la gente que esperaba nuestro arribo para un día determinado. Todas estas presiones nos iban impulsando a seguir pero también distraía nuestra atención para hacer las cosas bien, despacio, sin preocupación de tiempo, tratando de concentrarnos para hacer las cosas lo mejor posible. Porque cuando más presionado y tensionado se está es cuando más fácil se cometen errores y en el mar no se pueden cometer.
Es así que salimos al mar por primera vez. Las olas no eran muy grandes, era de mañana temprano. Con la marea baja el mar estaba retirado. Salimos sin problemas. Recuerdo este momento como si fuera una película: Bellini con su novia, los dos saltando, la novia más bajita pero los dos saltando y saltando a la misma altura, moviendo los brazos y gritando. Eran las cinco y media de la mañana y estaban ellos dos solos en la playa. Mientras los mirábamos pusimos la embarcación en marcha, rumbo al sur y a medida que nos íbamos alejando no dejábamos de verlos saltar a pesar de que estábamos a dos o tres Kms. del lugar y así por un buen rato los seguimos viendo. El mar tiene esta particularidad: uno se dice "¿ cómo se puede ver a tantos Kms. ?" Lo que pasa es que cuando estás entre dos olas no se ve nada y cuando estás arriba de una de ellas se alcanza a ver a mucha distancia.
Empezamos a remar nuestra meta, en un paisaje diferente que llamaba mucho nuestra atención, aunque estábamos todavía muy cansados. En Buenos Aires, la gente de Prefectura, nos habían dicho que teníamos que navegar la mayor cantidad del tiempo posible hasta que se levantara viento y que si había viento a la mañana a la tarde calmaba y viceversa, aunque por lo general soplaba el viento por la tarde. En el mar nuestra seguridad era la playa, después de haber pasado la Bahía de Samborombón esto nos parecia el paraíso, queríamos arrimarnos a la playa en todo momento, tocar la arena y comer almejas. Pero al mirar hacia adelante veíamos algunas casas y edificaciones y volvimos a concentrarnos en el viaje porque ya teníamos muchos deseos de llegar. Seguíamos viajando y cada vez más cansados. En el agua no vimos ningún tiburón, ni delfín, ni ballenas como nos habían dicho. El tiempo siguió bueno y como el sol ya no nos molestaba, todo iba perfecto por el momento.
Pero cuando llegamos a Costa del Sol, antes de Mar de Ajó, volvió nuestro ya amigo: el viento sur, muy fuerte. A la embarcación la hacía ir hacia arriba y hacia abajo, ya no era tan fácil. Paramos y aprovechamos para comer. le enseñé a Alejandro a comer almejas y como no podíamos ordenar otra cosa las acompañamos con un melón que ya se estaba pudriendo en la piragua.
Este lugar quedaba lejos de todo. Había casas y balnearios pero alejados de toda urbanización donde se pudiera comprar algo o comunicarnos con alguien. Estábamos tan lejos de San Bernardo como de La Lucila. Comenzamos a caminar hacia La Lucila ya que no podíamos remar porque el viento sopló toda la tarde, buscábamos un teléfono para notificar a Villa Gesell dónde estábamos. Como habíamos dejado la carpa en Río Salado, también buscábamos un lugar para dormir. Antes de ponernos en marcha dejamos acomodada la piragua en la playa, con un poco de desconfianza, pero no teníamos otro remedio. Solamente pudimos hacer algunas compras ya que nos dijeron que para telefonear teníamos que ir por la mañana a la Municipalidad. Volvimos al lugar donde habíamos dejado la piragua, comimos nuestras provisiones: fiambre, picadillo y galletitas y no tuvimos otra alternativa que dormir al lado de la embarcación y a la mañana siguiente fuimos a la Municipalidad.
Hicimos nuestro primer contacto con Villa Gesell y nos comunicamos con nuestras madres. Como el tiempo había desmejorado y nos teníamos que quedar en la Lucila les pedimos que vinieran ellas a visitarnos. Nos pusimos chochos de la vida cuando nos dijeron que esa tarde a las cuatro o cinco llegarían en ómnibus; hasta que nos encontrarnos estuvimos siempre pensando en ellas. Entretanto aprovechamos para saludar al Director de la Municipalidad que nos recibió muy calurosamente y nos conectó con la radio de Villa Gesell y Pinamar, organizándonos además la llegada a la Villa.
A las seis de la tarde llegaron nuestras madres. Hacía más de un mes que no nos veíamos. ¿Qué se puede decir de eso? Uno extraña siempre a todos sus familiares y le da más valor a las cosas cuando las pierde o se aleja de ellas. Corren unos lagrimones terribles por dentro, pero también es muy lindo encontrarse con las cosas que uno extraña. Lamentablemente pudimos estar sólo media hora juntos, charlando y tomando un café, porque tenían que volver a Villa Gesell y los horarios son tiranos. Mi madre estaba más tranquila porque yo ya había tenido otras experiencias de viajes, pero ninguna como ésta. Primero la conversación estuvo muy fría: "Dejame a mí" y "Que mi nene", "Cómo están" y dos o tres preguntas más y después sí: todo el griterío y las emociones y a contar cosas. Luego las acompañamos al transporte para el viaje de vuelta y nosotros tuvimos que agachar la cabeza e irnos al lugar donde teníamos la piragua y convencernos de que al día siguiente teníamos que volver a seguir remando, aunque por suerte faltaba poco. Siempre pensando en llegar, pensando en que el tiempo que nosotros mismos nos habíamos impuesto ya se había cumplido, comenzamos a tener otro tipo de presión: la personal ¿Qué nos pasa, qué nos está demorando? Empezaban a plantearse nuevamente todas las dudas, todos los miedos...
En este estado de ánimo salimos ala mañana siguiente con los problemas de siempre: teníamos la piragua en seco, en la arena seca, colocábamos el doble copis, primero se colocaba Alejandro, después me lo colocaba-yo, le pasaba los remos, el sombrero, los anteojos, acomodábamos todo en su lugar y ya estábamos listos para salir.. pero no había agua, entonces con los remos listos para empujar esperábamos que viniera el agua, una olita,- la primera, la cuarta, la séptima, la que sea, la cuestión era que llegara el agua debajo de la embarcación y nos levantara un poquito para poder salir. Pero había otro problema, si tomábamos la ola un poco torcido venía la próxima y nos tumbaba. Por esos los movimientos debían ser muy veloces para encarar la ola siguiente siempre de punta, evitando que nos tocara de costado. Había miles de teorías sobre cómo salir al mar pero a mí se me ocurrió la más difícil quizás, pero era la que nos había dado mejor resultado hasta el momento: encarar la ola de frente y apechugarla, dando con todo para adelante y tratar de vencerla. Resultaba todo un espectáculo para la gente que se arrimaba a vernos partir.
A veces nos ayudaban, en esa oportunidad fue un pescador del lugar, con quién nos habíamos hecho amigos el día anterior. Aunque era un hombre mayor se decidió a empujarnos, se imaginan el peso de la embarcación con nosotros encima... Preparamos todo esperando que subiera el agua, pusimos la piragua lo más cerca de la costa y cuando vino la ola el pobre viejito nos empujó con todo. Gracias a eso salimos rumbo a lo que nosotros creíamos que iba a ser Punta Médanos.
Recuerdo perfectamente que era muy temprano y teníamos muchas ganas de llegar a la meta. El día transcurría con tranquilidad, pasamos San Bernardo, y Mar de Ajó, ya estábamos disfrutando nuevamente de la navegación en el mar, mecidos por su vaivén, en el agua semicristalina. A medida que uno se aleja de la costa el agua se torna más verde y más limpia. Era hermoso mirar a un lado, las playas y al otro, el mar tocando el horizonte. De pronto una silueta se dibujó en la unión del cielo con el agua. Al principio pensamos que era una aleta, pero en realidad era muy grande para eso, al ir acercándonos nos dimos cuenta de que era un velero, seguimos remando mar adentro para ver si podíamos ponernos en contacto con ellos, aunque habíamos llegado a una distancia muy peligrosa ya que en caso de accidente no podíamos volver a nado a la costa. Pero el velero se acercó cada vez más a nosotros hasta tenerlo a pocos metros de distancia.
Resultó ser el velero "Saltamontes" de 6 mts. de eslora, de la Pcia. de Buenos Aires. Grande fue la alegría de todos cuando pudimos al fin comunicarnos. Aprovechamos a pedirles que nos sacaran una foto, las únicas que nos sacamos remando en el mar. Nos preguntaron de dónde veníamos y al responderles que de Rosario, Santa Fe nos contestaron: "Pensar que a nosotros nos dijeron locos porque desde San Isidro queríamos llegar a Mar del Plata". Charlamos un rato haciendo intercambio de nombres y direcciones y nos despedimos, contentos de haber encontrado otros navegantes desafiando el mar.
Al separamos volvimos a navegar hacia la costa; comenzó a soplar mucho viento y el mar se puso bravo. A pesar de que estábamos muy lejos, casi a 4 Kms. de la costa, cuando llegábamos a lo alto de una ola alcanzábamos a ver Punta Médanos y luego desaparecía. Nuestra preocupación era la gran distancia que tendríamos que nadar para llegar a la costa si se nos daba vuelta la embarcación.
Ya muy cerca de Punta Médanos comencé a notar que Alejandro se cansaba, que le costaba mantener la dirección de la embarcación. le dije que si se sentía mal o cansado era mejor que fuéramos hacia la costa. En esos momentos se acercó una lancha y nos preguntaron si teníamos algún problema, si necesitábamos ayuda. le respondimos que estábamos tratando de llegar a la costa, cosa que era muy dificil porque las olas rompían con mucha fuerza en esa zona, por eso buscábamos la entrada de un riacho, algún lugar donde las olas tuvieran menos fuerza. Si bien no había peligro de que la embarcación se diera vuelta, el problema era que entraba mucha agua en la piragua, porque el copis estaba mal hecho. Así tratando de dominar las olas, barrenando con mucha velocidad, entramos en la playa.
Cuando estábamos por bajarnos, una ola cayó encima mío. Estábamos en la arena pero las olas pasaban por arriba de la embarcación y nos hacían retroceder. los movimientos en ese momento debían ser mucho más rápidos para tratar de desengancharnos de la piragua y así poder salir. Por momentos debía hundir las manos en la arena para tratar de aferrarme y hacer de ancla. Realmente fueron momentos muy difíciles, hasta que logramos bajar. Luego de quitar el agua que había dentro de la piragua, nos tiramos en la arena a descansar, después comimos algo de fruta, picadillo y galletitas. Más tarde fuimos a caminar por la zona. Teníamos que buscar agua potable y un refugio para pasar la noche. Preguntando nos indicaron el puesto de una estancia a donde nos acercamos llevando los bidones. Nos facilitaron el agua y se mostraron interesados en el relato de nuestro viaje.
Al volver donde estaba la embarcación, vimos a unas personas que habían llegado en jeep para pescar y se nos ocurrió, que podrían llevarnos la piragua hasta el Faro, que quedaba a unos cuatrocientos metros tierra adentro, para ganar tiempo, ya que el día estaba muy feo y amenazaba tormenta. Un pescador accedió a llevarnos en su auto y otra familia llevó la embarcación en su jeep. Lo ideal hubiese sido llevarla andando, pero era tal el cansancio que no pudimos hacerlo. Lo más importante era que habíamos llegado a Punta Médanos por nuestros propios medios. La ida hasta el Faro debía hacerse por tierra, ya que todos están alejados de la costa.
La familia que nos transportó nos invitó a su carpa a comer. La señora había preparado un pastel que estaba muy rico. la sorpresa fue que no era de atún, como nosotros pensábamos, sino de raya. también ellos se mostraron muy entretenidos con el relato de nuestras experiencias y nuestros problemas de navegación. Ellos tenían además una casa rodante muy grande que compartían con otras tres familias. Al comenzar la temporada la primer familia la transportaba hasta la playa, entre Punta Médanos y Mar de Ajó y después, la última, la llevaba de vuelta a Buenos Aires. Un buen sistema: disfrutan de quince días en contacto con la naturaleza, pescando y cazando y se reparten los gastos de mantenimiento y transporte.
Quedamos mucho tiempo charlando tomando bebidas frescas, luego fuimos hasta el pueblo a hacer compras y cargar nafta y recién a la tardecita nos llevaron hasta el Faro. Es una dependencia de la Armada Argentina. Solicitamos para ingresar y quedarnos a dormir. Accedieron a nuestro pedido y nos instalamos, trajimos la embarcación, nos bañamos, comimos galletitas, queso, fiambre y algunas frutas que nos habían quedado. Luego salimos a caminar y a apreciar a qué distancia estábamos del mar. Descubrimos algunos problemas que se nos iban a presentar para salir de esa zona ya que Punta médanos, es una de las puntas más salientes de la costa por lo tanto hay oleaje abundante y grande. Teníamos que salir de madrugada que es cuando el mar está más tranquilo. También estuvimos viendo los lugares por donde llevaríamos la embarcación, que también estaba descansando al lado de la cocina.
A la mañana siguiente nos levantamos temprano y cuando estábamos cargando la embarcación nos avisaron que nos llevarían hasta la costa, con todos nuestros bultos, en una camioneta de la Armada. Esta vez para salir al mar no tuvimos problemas porque la misma gente que nos transportó nos ayudó a salir. Según lo previsto, el mar estaba tranquilo y retomamos nuestro viaje comenzando a remar con tranquilidad. Todo iba muy bien hasta que empezó a levantarse viento. Comenzaron a verse las ovejitas, los corderitos y la piragua se zarandeaba mucho. En ese momento, Alejandro me dijo que se sentía muy mareado, que no había tomado las pastillas contra los mareos, las tendría que haber tomado antes de salir para prevenirse. Además comenzarnos a sentir una corriente de sur a norte que no nos dejaba avanzar. A todo esto como ya se veían los edificios de Pinamar y Alejandro seguía muy mareado, se inclinaba hacia un costado y ponía en peligro la embarcación, decido rotundamente ir a la costa para que Alejandro tome sus pastillas y esperando que se sintiera mejor podríamos almorzar.
Bajamos con algunas dificultades porque las olas rompían muy cerca de la playa. El riesgo era que nos tiraran sobre la playa y se nos rompiera la embarcación. Como Alejandro se seguía sintiendo mal armamos un techito con los remos y el copis, para que tuviera algo de sombra. Comimos algo, tornamos agua y lo dejé descansando. Yo me fui a caminar por los médanos, cuando llegué a la parte más alta de uno de ellos, miré hacia abajo y ví muchos caracoles y piedras formando un montón que se destacaba en la arena. Bajé corriendo y ví que era el cementerio de caracoles que estaba a 16 Kms. de Pinamar, un lugar que hacía muchos años que estaba buscando sin encontrarlo y ahora lo tenía delante mío. Volví a buscar a Alejandro y a pesar de que aún se sentía mal juntamos muchos caracoles para tener de recuerdo.
Esperamos que viniera la baja mar para poder salir a navegar con tranquilidad y avanzar con menos esfuerzo. Pensábamos que a las tres y media podríamos partir, pero de a poco comenzó a nublarse hasta que el cielo quedó todo negro y en un momento no vimos más Pinamar. Ahora teníamos que esperar que pasara la tormenta, nos pusimos las camperas y cubriendo la embarcación la corrimos más adentro para mayor seguridad, por si el viento hacía subir el mar, aunque la tormenta venía del continente. De pronto comenzó a llover con intensidad inusual, hasta cayeron piedritas. Nosotros estábamos parados y el fuerte viento levantaba la arena que nos pegaba en las piernas con tantas fuerza que nos obligó a meternos en el agua para evitar que el roce nos lastimara. A la hora la lluvia cesó. Hicimos un poco de gimnasia para calentarnos y nos dispusimos a partir.
Mientras nos estábamos preparando Alejandro me dijo: "Bueno, yo no te voy a acompañar" a lo que yo le contesté: "Está bien. Bajamos los bultos y vos seguís caminando y yo sigo navegando", Alejandro me responde: 'Por lo menos pedime que te acompañe y no que siga caminando", yo le dije: 'No, cada uno tiene su propio estímulo, para el viaje y el mío es llegar remando". Ambos estábamos deseosos de llegar y más sabiendo que faltaban pocos kilómetros, pero Alejandro había comenzado a aflojar. En realidad faltaban más de 20 Kms. pero era muy poco comparado con todo lo que habíamos andado. Cuando le pedí que me ayudara a poner la embarcación en el agua me dijo que había decidido acompañarme.
Y ésa fue la vez que más dificultades tuvimos para salir: las olas rompían muy cerca de la costa así que tuvimos que alejarnos para poder encararlas. Recién a las cuatro de la tarde pudimos salir al agua y empezar a navegar con baja mar y mar calmo.
Cuando llegamos a la costa de Pinamar las olas se hacían cada vez más grandes. Dejamos de remar esperando ver un comité de recepción, que según nos habían dicho, nos estaría esperando para recibirnos. Ya estábamos casi pasando Pinamar cuando vimos un gomón; nos preguntaron si teníamos cigarrillos y con mucha ilusión yo le pregunté si nos estaban esperando y ellos nos contestaron: "No y Uds. ¿quiénes son?" Yo les dije que veníamos navegando desde Rosario y les conté detalles del viaje pero ellos me dijeron que no sabían nada de nuestro raid.
Seguimos navegando hasta pasar frente a un espigón. Allí se nos acercó un kayak y nos preguntaron quiénes éramos. Volvimos a hacerle la misma historia y aprovechamos para comentarles que no sabíamos dónde debíamos parar. Como esta gente tampoco sabía dónde, nos invitó a parar a esa altura de la costa donde había una escuela de kayaks. Así lo hicimos y comenzó a juntarse mucha gente, lo que más les llamaba la atención era nuestra manera tan particular de descender de la piragua. Allí nos saludaron, nos atendieron muy bien convidándonos con bebidas. Al rato apareció un periodista que nos quería hacer una nota y además convencernos para que termináramos nuestro viaje en Mar del Plata. Pero nosotros insistimos en que nuestro raid terminaba en Villa Gesell. Luego nos pusimos a caminar buscando un lugar para pasar la noche y a pocos metros de allí se encontraba el balneario 'Tagomago' y nuestra sorpresa fue que precisamente, allí nos estaban esperando hacía dos días, según lo convenido.
Regresamos a buscar la embarcación. Subimos nuevamente todo a bordo mientras cuatro o cinco kayaks nos esperaban en el mar para escoltarnos hasta el balneario. Partimos sin dificultad, gracias a que la gente nos ayudó y el mar estaba más o menos sereno. Navegamos los quinientos metros que nos faltaban para llegar a Tagomago, nos recibieron calurosamente junto con toda la gente que se fue acercando y aceptamos a compartir su almuerzo muy emocionados.
Un señor llamado Bruno De Vita nos invitó a su casa para que nos ducháramos, cosa que aceptamos rápidamente. A la noche compartimos un fogón con sus hijos y uno de los chicos cantó unas canciones que él mismo habla compuesto. Me gustaron tanto que le pedí las letras para transcribirlas en este libro, que ya pensaba escribir.
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